Revalorar los saberes ancestrales y de nuestros pueblos originarios como una oportunidad de desarrollo

      Foto: El Comercio (2014)


En 2014, tuve la oportunidad de participar como voluntaria en el evento Tinkuy, organizado por el MINEDU. Durante mi etapa de formación inicial docente, esta experiencia fue una de las más enriquecedoras de mi carrera, dejándome aprendizajes inolvidables. Durante una semana, conviví con niños provenientes de diversas regiones del Perú, quienes vinieron a Lima para intercambiar sus conocimientos locales fuera del entorno escolar. Esta vivencia me ha permitido transmitir a mis estudiantes la emoción de saber que en nuestro país existen 55 pueblos originarios que hablan 47 lenguas nativas, lo que significa que conviven 47 formas únicas de ver y narrar el mundo.


       Foto: El Comercio (2014)

    Es esencial promover más experiencias como Tinkuy, que difundan y valoren la diversidad de saberes y formas de aprender que coexisten en nuestro territorio. Resulta preocupante, tal como señala Harber (2014), que se haya priorizado la educación formal, herencia del colonialismo, como la única opción válida e incluso como la mejor forma de educar. Esta actitud ha llevado al menosprecio e ignorancia de la educación no formal, incluyendo aquella practicada por nuestros pueblos originarios.

    Desde el enfoque del desarrollo humano, es fundamental reconocer y valorar el conocimiento y las prácticas ancestrales de nuestros pueblos originarios, así como considerar las diversas prácticas educativas utilizadas antes de la colonia. Aprender de nuestra pluriculturalidad y de nuestro pasado puede orientar el diseño de un camino propio hacia el desarrollo, en armonía con nuestra identidad y diversidad.

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